Después de que Las Crónicas de Riddick fuera un monton de basura fracaso en taquilla, Universal ya había mandado a Riddick al cementerio de franquicias muertas. Vin Diesel, que ama al personaje como si fuera su hijo, ofreció $10 millones de su bolsa a Universal solo para comprar la IP.
Universal dijo que no.
Un año después la jugada cambió sola: Universal necesitaba a Diesel para un cameo en Tokyo Drift, porque sin él estaban seguros de que la peli se iba directo a DVD. A medianoche, antes de grabar, su representante le marcó: “Si haces el cameo, te regresan Riddick. Ya ni la quieren producir”.
Diesel aceptó. Ni cobró el cameo, lo cambió por los derechos completos del personaje.
Y aquí está lo maton: cuando por fin estaba filmando Riddick (2013) en Montreal, se cayó el financiamiento a medio rodaje. Diesel puso dinero de su bolsillo para no parar la producción. Él mismo lo dijo después: si no terminábamos la película, me quedaba sin casa.
La apuesta le salió bien. Costó $38 millones, recaudó $98 millones, y de paso Universal terminó de vuelta como distribuidora de la franquicia que ellos mismos habían dado por muerta.
