Reseña

Reseña: Doom Eternal

¿Son los videojuegos arte? Títulos como God of War, BioShock, Breath of the Wild, Shadow of the Colossus e incontables más, argumentan fuertemente que sí lo son. Ya sea por la enorme calidad de su narrativa, la composición de sus escenas, la musicalización que los acompaña o el simple hecho de que despiertan a la imaginación pintando mundos y paisajes que nos dejan sin aliento. 

Doom: Eternal, la entrada más reciente de la revivida saga de Doom, también es arte, pero no es arte de la misma forma que una escultura, una pintura o una película lo son; ni siquiera de la misma forma que otros videojuegos pueden considerarse arte. Doom: Eternal es arte de la misma forma que un álbum de Slayer sonando a todo volumen mientras estás detrás del volante de un auto superdeportivo italiano es arte. No es refinado ni pretencioso. Carece de una lógica detrás de su locura, pero da color y sonido a un sentimiento totalmente visceral que no podríamos representar de otra forma más que esta. Si eso no es arte, no sabemos qué lo sea. 

Podríamos hablar todo el día de cómo Doom: Eternal nos hace sentir, con todo y eso que ha retomado la fórmula que ha hecho de la serie un nombre legendario en la industria y una de las fuentes de éxtasis legal más fáciles de conseguir. Después de todo, sus montones de explosiones, balas, sangre y violencia en una cantidad tan prominente que caminada la delgada línea entre lo surreal y lo vulgar, es una fórmula que ha comprobado no saber fallar, pero, ¿acaso Eternal agrega algo nuevo a una estructura que ya conocemos de pies a cabeza desde hace casi 30 años? 

La respuesta simple es “no”, ya que en lugar de crear una revolución dentro de la franquicia de Doom, Eternal funge más como una evolución. Si recapitulamos la historia de la franquicia, podemos notar que ningún juego realmente se ha salido demasiado del canon establecido, y cuando lo hace, aunque sea solamente un poco, pierde gran parte del encanto que ha fascinado a sus fanáticos en primer lugar. Por esto mismo es que Doom de 2016 fue tan bien recibido: era todo lo que los fieles seguidores de la serie habían aprendido a amar, sólo que en un paquete moderno que aprovechaba las nuevas tecnologías gráficas y mecánicas. Eternal es exactamente eso, pero con mucho más refinamiento. Si Doom del 2016 era un Lamborghini con puertas de tijera, Eternal es el mismo auto pero con un turbocargador, una capa de pintura verde chillante y un alerón que aunque innecesario lo hace ver todavía más veloz y amenazante. 

Podemos notar esto más que nada en la variada estructura de sus niveles. Mientras que el Doom de 2016 le jugaba a lo seguro con escenarios más que nada lineales, Eternal toma el riesgo de agregar una verticalidad que abre nuevas oportunidades de estrategia y movimiento a la hora de comenzar los tiroteos. Parece una mejora muy pequeña, pero este minúsculo cambio rinde frutos a la hora de tener el control en las manos. De repente podemos maniobrar de una forma mucho más libre, sin necesidad de tener un escenario complicadamente grande. Doom del 2016 es como alguien en 1993 imaginaba que un Doom del futuro podría verse, pero Eternal es como algún gamer noventero soñaría que un Doom del futuro debería de jugarse. El bien pensando gameplay hace que nos sintamos poderosos incluso frente a la inminente invasión de fuerzas demoníacas y las llamas del infierno comenzando a consumir los edificios y las ciudades de la Tierra. 

Insistimos que Doom: Eternal es arte, incluso si no es del tipo de arte que alguien colgaría en un museo o como mínimo en su sala de estar como un catalizador de conversación durante una cena navideña. Insistimos que es arte porque despierta en nosotros muchas emociones fuertes, repentinas dosis de adrenalina y un innegable sentimiento de que la tecnología avanzó a pasos agigantados desde 1993 con el sólo propósito de poder traernos esta experiencia en 2020. Nuestro único problema es que es de igual forma un juego demasiado corto y con una narrativa olvidable. Sabemos que estas no son cosas imprescindibles para una buena entrada de Doom, pero, cuando se está así de cerca de ser un juego que lo tiene todo, ¿pueden culparnos por querer un poco más? 

 

 

Doom: Eternal es arte de la misma forma que un álbum de Slayer

Doom: Eternal es arte, incluso si no es del tipo de arte que alguien colgaría en un museo o como mínimo en su sala de estar como un catalizador de conversación durante una cena navideña.

9
Jugabilidad:
9
Historia:
8
Diseño:
9
Música:
10

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